La Esclava Amante. Parte 1

Largas jornadas de trabajo les esperaba a toda la familia, Gardel. Era de madrugar para ganar un puesto en el gran mercado. Este día no seria diferente, igual de caluroso que los demás, el sol llenaba de sudor las cabelleras de los hombres y mujeres que caminaran sin ningún techo. Todos los días se encontraba lleno.

Los Gardel pertenecían a la otra mitad del reino, donde existía la pobreza extrema y se alimentaban de ilusiones de un futuro mejor.

Atenas siempre era la encargada de cargar con todo lo que compraban, el señor Leopoldo ya estaba viejo y aunque se enojara por no dejarlo llevar todo, de todos modos no se las dejaban. Había tenido dos hijas, muy bonitas y siempre muy bien vestidas, Atenas era la mayor, era de ojos grandes negros de tono profundo, unos ojos que siempre expresaban sus sentimientos, tez muy blanca, era difícil ver personas como ella, ya que siempre se caminaba bajo el sol, de cabellos del color de sus ojos, hasta la cintura. Meg la segunda y mas chica de las Gardel, era un poco mas baja de estatura, de cabellos largos y castaños, contaba con apenas quince años de edad, y su cuerpo ya era el de toda una señorita. Su más grande pasión era la música, hipnotizaba con las bellas notas que salían del viejo violín del señor Gardel.

Llovían los gritos de todos los hombres que veían a Atenas, todos imaginándose que algún día podrían tomarla por esposa. Si algo hacia ella era darse su lugar. Sabía que en su vida iba a llegar el hombre que tanto anhelaba. Físicamente no apuesto, solo esperaba que su esencia fuera la correcta para complementarse.

-Mujeres, apúrense que tenemos el tiempo encima, pronto va a llegar el padrino de Meg. Y tenemos que recibirlo bien.- Decía el viejo, Lauro, era el mejor amigo del señor Gardel, se dedicaba al tráfico de esclavos, compraba a las personas por una muy buena suma de dinero.

Desde la muerte de su esposa, Leopoldo Gardel se había dejado llevar por la tristeza, haciendo que su cuerpo se debilitara más y cayera en enfermedades, nadie le daba un trabajo digno por su salud.

Era ya una noche tormentosa, llovía fuertemente, no era de esperarse que el compadre se encontrara platicando con Leopoldo, cuando Atenas decidió cumplir su plan. Sabia que iba a sufrir mucho, pero hasta después se dio cuenta hasta que punto. Fue ella la que se encargo de abrirle la puerta a Lauro para despedirlo aprovechando para decirle lo que quería.

-Lauro, necesito hablar contigo.-Decía Atenas nerviosa, tartamudeando.

-Dime.

-Tu bien sabes que mi familia esta viviendo un tiempo complicado.

-¿Necesitan un préstamo?, yo se que tu padre es un buen hombre, pero otro préstamo ya no está en mis manos.

-No, ya te debemos tanto, ahora yo solo quiero pedirte un favor.

-Dime, que con gusto te lo concederé, yo siempre las he visto a ti y a Meg como mis sobrinas.

-Quiero venderme como esclava, para que mi padre con ese dinero pueda salir adelante y pague todas sus deudas, Meg ya es lo bastante madura para trabajar en el mercado, con gusto le darán un trabajo digno… es tan eficiente.

-Perdóname, pero eso no lo puedo hacer, tú bien sabes que eso le dolería tanto a tu padre.

-Mi padre creerá que me fui a otra ciudad, ya se me ocurrirá algo, lo que sea, y cada vez que pueda le mandare una carta, diciéndole que soy muy feliz.

-Y el dinero de tu compra, como se lo darás a tu padre.

-Se lo mandare por medio de Meg, para que mi papa crea que estoy en un buen trabajo, y que gano bien y que ese dinero es la prueba.

-Tal vez no sea el camino correcto…

-Lo sé, pero es que no encuentro que hacer, mi padre merece lo mejor, y si así se lo puedo dar, lo haré. Por favor… – lo miro con un sus ojos tan penetrantes, intimidando a Lauro y sintiéndose culpable de tal sentimiento – dijiste que me ayudarías.

– No puedo ayudarte Atenas… esto terminará por matar a tu padre, desde que perdio a su esposa sabes bien que… – dijo tratando de agarrar valor.

– Por favor, lo necesito – interrumpio – Solo será temporal, despues mi padre será muy feliz.

-Pero…-La voz del hombre quedo interrumpida por un fuerte rayo. Como si el cielo estuviera predicando el sufrimiento del futuro de la mujer. Asustándole. – Bueno, pero las cosas serán diferentes te haré pasar por otra persona, esto va a quedar solo entre nosotros, y para cuando tu padre este lo suficientemente bien económicamente tu volverás con tu nombre normal.

-No intentes ilusionarme Lauro, sé muy bien la consecuencia de mi decisión y no hay vuelta atrás…

– Yo te voy a comprar otra vez y te daré en libertad de nuevo.

– Espero que sea tan fácil como lo dices.

-Te llamarás Artemisa, era una esclava que acaba de morir por una rara enfermedad, nadie sintió su ausencia.

-Gracias te prometo que tu también saldrás beneficiado, te devolveremos todo el dinero que nos has prestado.

-Nunca he esperado su devolución – Se le dibujo una sonrisa en su rostro.

-¿Cuándo me iré contigo?

– Artemisa murió apenas unos minutos antes de venir acá, Si queremos que nuestros planes sean cumplidos, tendrás que salir de aquí en unas horas, tal vez en la madrugada, mañana a las primeras horas tengo una cita con un buen cliente.

-¿En donde?

-Espera, te prometo que será un lugar donde te trataran bien, o vivirás de buena manera.

-Muchas gracias- Dijo la mujer sonriendo al viejo que la miraba con ternura y cariño, quien nuevamente se sintió nervioso por las expresiones de la joven.

Atenas se despidió y entro a la casa, llego y se puso aun lado de Leopoldo y con mucho cariño le planto un beso en la mejilla, y en su mente dándole la bendición.

Meg y Atenas dormían en un cuarto pequeño, el cuarto donde siempre se contaban sus penas y alegrías, siempre queriéndose como las mejores amigas, y fue ahí donde Atenas decidió decirle a Meg.

-Meg, pronto vamos a salir de la pobreza, voy a hacer algo por ti y por nuestro papá.

-¿Qué vas a hacer?- Dijo Meg con incredulidad.

-Quiero que de esto no se diga una sola palabra a nadie… – dijo Atenas, mientras se acercaba a la cama de Meg, sentándose a su lado y bajando la voz –  solo es por un tiempo, y todo va a volver a la normalidad.

-Dime ya que vas a hacer

-Me voy a vender como esclava…

-Eres una tonta, por un momento pensé que hablabas enserio. – Meg se recostó en la cama, acomodo las sabanas, y se dispuso a dormir.

-No estoy jugando Meg, ayer en el mercado escuche cuanto pagan por un esclavo y es una cantidad muy grande, imagínate, saldremos de todas las deudas y hasta nos quedará para el medicamento de nuestro padre.

-Atenas, nadie sale de ser esclavo. la mayoria de todos esos hombres fueron delincuentes…

-No te preocupes, Lauro me prometió llevarme a un buen lugar…

Atenas platico con Meg, toda la noche y aunque su hermana no estaba del todo convencida, termino por apoyarla.

Ya era hora de salir, Atenas se levanto,  vio su reflejo en un pequeño espejo que tenían en su cuarto, acomodo sus cabellos y se alisto para un viaje, se sentia nerviosa, desde que había pensando en el plan, no habia dudado hasta ahora, cuando su corazón latía muy fuerte. Algo le decía que ya no volvería nunca mas a esa casa.

Abrió la puerta del cuarto y Meg se levanto. La miro y Atenas pudo ver los ríos de lagrimas que corrían por sus mejillas, al igual que Atenas no había dormido nada.

-Estaré bien hermanita.

-Lo sé—

-Gracias, hermanita, te quiero, y no te preocupes ya veras que pronto estaremos mucho mejor.

-Yo también te quiero hermana…

Salio del cuarto y se dirigió a la puerta de la entrada, apenas la abrió y se encontró con la silueta de Lauro.

-Niña, apúrate, se nos hace tarde.

Atenas miro al cielo, las nubes cerraban el cielo, no dejaban ver el sol, sabia que muy pronto se levantaría Leopondo y se daría cuenta de su ausencia.

-Camina – La llevo a un callejón y la amarro de las manos- No quisiera llevarte así, pero ahora ya eres una esclava y debo tratarte como tal, para que la gente no sospeche nada… ah y recuerda tu nombre es Artemisa. Como ya sabrás los esclavos no tienen apellidos.- Agarro la soga y tiro de ella mientras caminaban.

-Gracias Lauro, el dinero de mi compra, dáselo a mi hermana por favor, te agradecería si lo pudieras envolver en un sobre de una dirección que desees inventar.

Lauro accedió, después de eso la subió a un carruaje viejo tirado por un caballo muy delgado, al igual que su dueño.

Unas cuantas horas después la luz ilumino el reino, Lauro tirando del caballo, notó a Atenas muy nerviosa.

-Hija, tu padre va a sufrir mucho…

-Lo se, pero algún día lo podré hacer muy feliz, tal vez no tanto como el merece, pero lo intentare. Oiga usted dijo que me llevaría a un lugar donde no sufriera tanto. ¿A dónde me lleva?

-Levanta la cabeza y veras que te espera. – Dijo el hombre sonriéndole.

Atenas dejo de verse las manos que sudaban, y deslumbro el gran castillo de los reyes, siempre había soñado con entrar. Todos los días en su espejo veía la silueta de una princesa, pero apenas hacia unas horas habia visto la de una esclava.

-Lauro… ¿es ahí donde me llevas?- Dijo Atenas sonriéndole al hombre, y apuntando el lugar.

-Si Atenas, dentro del castillo tengo muy buenos amigos, y se que ellos te trataran bien si yo se los pido. Tu les servirás a la familia real. – Los ojos de Atenas se iluminaron, tendría el privilegio de entrar a ese enorme castillo, pero eso no ayudo mucho, pues su corazón empezó a latir mas fuerte.

Continuará…

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